Mis
ojos estaban velados. Parecía que el techo se acercaba y alejaba a mi rostro intermitentemente
como una prensa hidráulica, la piltra sobre la que me encontraba recostado
poseía movimiento encabritado, incapaz de ser calmado con ningún tipo de
exorcismo, la luz tenía sonido y el ruido luminiscencia. No importaban las
apariencias pues nada parecía estar en su sitio. La noche anterior había
intentado quitarme la vida de manera infructuosa, situación que hizo más espeso
el lodazal en el que había estado subsistiendo durante los últimos años
producto de la vergüenza de vivir sin motivación para hacerlo. Este nuevo
fracaso ahondó en mi paladar el sinsabor de ineptitud en mis propósitos. Me
costaba respirar y, sin mediar procedimiento alguno, me quedé dormido
súbitamente.
Al
despertar, pude observar por primera vez, una serie de imágenes claras, límpidas
y auspiciosas, y borré todas las percepciones adquiridas durante mi fraudulento
descenso al inframundo y las reemplacé por la capacidad de asombro que
necesitaba para volver a sentir como un neonato. De alguna manera, se podría
decir que “Yo ya no era yo”. Habían pasado las primeras horas del día, sonreí y
me sentí feliz porque ese era mi deseo, corrí las cortinas y abrí las ventanas
del dormitorio, el sol pintó cada uno de sus rincones y reavivó todos los
colores, comencé a renacer, volví a reír y nunca más me agradó ser tan
redundante. Respiré profundamente y separé el olor del vulgo ambiental del incomparable
aroma de las flores y rosas del jardín que mi madre cultivaba, sentía conmigo a
mi más puro amor a pesar de su obligada ausencia física, acaricié su rostro perpetuado
en mi primer sentimiento, subí a las estrellas al recordar sus tímidos besos y
fui feliz en cada uno de aquellos momentos.
Salí
a mirar la ciudad subido en la nube de Dios, cubierto de aquel deseo, de
aquella sonrisa, de aquella felicidad, me empapé con cada gota de rocío que
exhalaba el ambiente y me hidraté lo sólo lo necesario, pasé sobre el suelo que
me amarraba al pasado, le perdí el miedo y construí un palacio sobre él, esparcí
toda la gama de colores en el parterre, puse una cruz en el cuarto del Señor
que desde aquel instante se llevó algo de mí, empedré cada rincón que acogía la
depresión de los años, sellé cada espacio triste para no darle ventaja alguna a
la infelicidad, sonreí nuevamente y llevé el recuerdo de mi amada al que ahora
es su palacio, la nombré reina y le ofrecí mi renaciente corazón una vez más,
aquel que desde la adolescencia ya le pertenecía.
Le
dejé un beso entrelazado en un abrazo, salí del palacio y me adentré en el
mundo, fui a cumplir las metas mientras los desvelos e infortunios caían sobre
mí. Me sentí cansado y por poco perdí el paso pero la mano de Dios enderezó mis
movimientos, me condujo a la esperanza. La nube regresó al correcto camino.
Al
final del día volví al punto de partida, saludé a mis padres, a mis hermanos, a
mi tía, a mi abuela querida, los escuché reír y me encantó la sinfonía, me
alimenté y descansé libremente hasta saciarme, esbocé ráfagas de sonrisas y
desperdigué mis sueños a los noctámbulos intrusos de cada noche de verano,
invierno y nueva estación. Mantuve mis ojos abiertos por última vez en el día, cerré
las ventanas y corrí las cortinas, redundé en mi alegría, disfruté en el
recuerdo todas estas vivencias y las guardé en el baúl de mi memoria. La luna
me arrulló con su luz y de su vientre nació la esencia que me embriagó con
universo, volví a ser niño, y me di cuenta del secreto de mi felicidad: le di
gracias a Dios por estar vivo.
Dedicado a mis padres y hermanos.

