Eran
las cuatro de la mañana, mi sueño se había roto con el sonido de mi propia
respiración, las manos me sudaban y mi rostro se tornó pálido, el puño no abría su cuerpo de araña para
dejar de lado el rifle, asta de mi bandera, base de la explosión de mis
ideales, razón de no creer en lo invidente. Había perdido la fuerza, la
debilidad acaparó todo mi cuerpo, mi cabeza parecía hincharse por la excesiva
presión sanguínea, mis párpados perdían su tenacidad mientras la visión se
nublaba paulatinamente con el movimiento raudo del segundero, mis piernas se
agarrotaron sepultándome entre las frías sábanas de mi viejo tálamo, encallando
mis huesos en su mellado tronco. Me costaba mucho girar el cuello y fue por eso
que llegué ha acostumbrarme al sófito rugoso que me ocultaba del universo
etéreo.
Intenté
ponerme de pié y a duras penas logré arrastrarme algunos centímetros, respiré
hondamente y laxé mi cuerpo hasta encontrar la potencia necesaria para hacer mi
último esfuerzo. Mis ojos empezaron a dilatarse y a recuperar el color que me
permitió, por un momento, ser comparado con el resto de personas vivas.
Eran
las diez de la mañana y el viento poseso castigaba con crudeza el estor que
vestía el ventanal que me separaba del tendido, atizando con rebeldía el fuego
de una chimenea natural que se expandía por los rincones más ocultos de mi
paupérrima covacha. Caminé lentamente hasta alcanzar la mesa de la cocina. Sorbí
algunas gotas de agua de un vaso casi vacío y recuperé el aliento quejumbroso,
dejé reposando mis nervios y los cubrí con flores, me apoyé en mi criterio de
justicia para poder sostenerme, luego di algunos pasos tímidos y me gobernó la
vergüenza, sabía que tenía que hacerlo, no había remedio. Me acerqué a una
repisa y junto a una copa opacada por el polvo encontré una botella repleta de
vino hasta el cuello, la incliné y llené la copa hasta ahogarla por completo,
bebí una y otra vez, mas la sed aumentaba junto a mi embriaguez. Me costaba
mantenerme de pie pero las paredes soportaban todo mi peso, haciendo gala de su
solidaridad, de su fraternidad hacia mí. Cada sonido entumecía mis oídos, los
afligía con las notas más agudas, los estremecía con los tonos graves mientras
me retorcía en la espera de los heraldos negros que anunciaban mi inevitable
partida, los juglares de mi despedida inexpugnable. Faltaba poco para el
atardecer, me aproximé al armario y abrí la gaveta más cercana al suelo, cogí
una pistola y la rastrillé contundentemente, la miré fijamente y le di las
gracias, la tomé con firmeza y la obligué a oprimir mi sien. En ese instante recordé
toda mi vida, lo que fue con ápices de lo que pudo haber sido, dibujé en mi
mente la fina cara de mi madre, pronuncié los nombres de mis familiares como si
estuviera controlando la asistencia en un aula escolar, amé intensamente a la
dueña de mi amor amante, saludé a los viejos amigos desaparecidos que nunca lo
fueron, comencé a extrañar las beldades de la magnífica creación de Dios, a la
que debía renunciar. Para cegar mi vida tenía que perder la memoria por un
momento, tenía que pagar por el error de ser extremadamente empírico, por negar
las soluciones espirituales que provenían de mi fe, de mi creencia.
No
había más tiempo para pensar, por lo menos no era necesario. Las agujas del
reloj, que me habían perseguido durante el día entero, se paralizaron
repentinamente, las cosas perdieron el movimiento, el mundo se detuvo a la
espera de mi temible acto, ya sentía el llamado del destino y no podía negarme
ante semejante invitación. Aquella pistola tomó la forma de la llave que me
abriría las puertas de una nueva dimensión y de su demencia, donde la materia
es inexistente, donde todo se vuelve oscuro por nuestra propia falta de luz.
Me
persigné para ser perdonado, recordé mi falta de memoria, usé mi depresión más
que nunca, me sumergí en ella y la absorbí hasta sentirme morir. Tomé la
pistola, le di un grito, la remojé entre mi llanto y le entregué mi vida, la
obligué nuevamente ha presionar mi sien, cerré los ojos, y jalé del gatillo. Punto final.
