miércoles, 10 de julio de 2013

Epístola N° 2: ¿Por qué te llevaste a mi ángel?

 
Durante aquellos años las cosas no habían sido fáciles para mí. Digo “aquellos” intentando referirme a los momentos conscientes, infectados de memoria, tantos los de luces tenues como los enceguecedores, los de paliativa felicidad como los de dolor inocultable. Entrar en la ruta fue un acto natural y mantenerme en ella un constante equilibrio circense, con frecuentes sensaciones de vértigo, espanto y temor al vacío. No tenía intenciones de vivir así para siempre por lo que opté por convertirme en sombra y fusionarme con el camino, pasando desapercibido para la mayoría que habitaba mi contexto. De esa manera, pasé de hacer equilibrio a vivir colgado de esta especie de soga por la que todos cruzaban, por aquella ruta a la que me referí algunas líneas arriba.
Así pasaron catorce años de mi vida, entre pecados y confesiones, entre sonidos y silencios, entre juegos y apatía, entre creaciones y modelos para armar, mirando sin querer ver, caminando sin querer avanzar, respirando sin ganas de vivir, durmiendo sin querer despertar jamás.

Pero caí de la ciénaga del mundo de los perdidos en un parpadeo que el sol le regaló a la luna y sin esperar con las manos abiertas recibí en abundancia, sin necesidad de mover mis labios sonreí, sin hacer ningún tipo de arte fui aclamado y, más aun, sin merecerlo, fui premiado al descubrir lo que era mirar la primera vez que te pude ver a ti. Allí estabas flotando entre el tumulto, marcando distancia entre mi pasado y mi futuro, diciéndome con tu sola presencia que había valido la pena vivir colgando tanto tiempo y que ya era momento de intentar fluir en el llano.
Provoqué nuestro encuentro de la manera más dolosa, no dejé el mínimo detalle al azar, tan sólo el que conocieras el cien por ciento de mí mismo. Luego de eso, me solté de la soga para dejarme caer en tus manos y tuve la fortuna de que no hicieras vano mi sacrificio. No tenía experiencia pero corrí el riesgo y me dediqué a sentir desde ese momento. ¿Cómo te llamas?-te pregunté mientras me perdía en tus hermosos ojos celestes. Luana- me respondiste, con aquel inolvidable acento argentino de dibujo animado. A partir de ese instante, mis espacios vacíos se colmaron por completo.

Contigo volví a tener cinco años y a vivir entre carruseles y algodones de azúcar, descubrí que el tiempo no se mide con un reloj sino con los latidos del corazón, junto a ti mi espíritu se expandió al punto de reinventarse cada vez que me invitabas a conocer el mundo mágico de los libros que leías, cuando te escuchaba cantar las canciones con las que tu mamá te hacía dormir cada vez que despertabas de una pesadilla. Juntos creamos un espacio impenetrable para el resto, donde podíamos alejarnos de lo que nos parecía ajeno a nuestro sentido de vivir, en el proceso de formar nuestra personalidad, nuestra forma de ser y sentir. Juntos jugamos, bailamos, cantamos, conocimos, aprendimos, reímos, lloramos, corrimos de la mano, nos caímos, nos levantamos y seguimos corriendo porque nunca hubo un final en el camino, un abismo en el horizonte o un bostezo de tierra que pudiera separar nuestras palmas. Juntos crecimos día a día y soñamos noche a noche, nos prometimos y cumplimos hasta llegar a querernos como nunca pensé que se podía querer. Luego de eso, sólo me quedó amarte y te invité a mi burbuja, entraste en ella y te tatuaste en mi corazón, me hiciste feliz y con ello dejé a un costado los fantasmas que se colgaron de mí como harapos durante tanto tiempo.
Nunca te alejaste a pesar que mi genio sufrió algunos cambios durante la andanza. Me aceptaste en mi estado natural y no me recomendaste psicólogos, modistas o sacerdotes para intentar cambiar alguna parte de mí. Yo te quería como eras, dos veces y al mismo tiempo y quizá por eso te convertí en el tesoro más preciado que he tenido en mi vida. No te expuse a la contaminación de mi contexto, aquel que ni yo mismo podía manejar. A cambio de eso, me invitaste a formar parte de los tuyos y nunca arriesgué los lazos que empezaron a formarse.

Me acompañaste en cada proyecto loco que tenía, sin darle mayor importancia a la opinión del resto. Caminamos juntos con nuestras guitarras colgadas del hombro a cuanto espacio silente había para llenarlo de música. No reparaste en mis uñas largas pues sabías que las necesitaba para tocar mi charango, no te importaba que cantara joropos, candombes o chacareras en vez de rock o baladas de moda, lo que querías era verme feliz y eso no se encuentra mucho en los tiempos que corren. Recuerdo la bravura con la que defendías tu camiseta, tus colores y la forma de alentarme cuando jugaba fulbito en las canchas del Regatas, recuerdo tus detalles, cada uno de tus ademanes y de tus muecas, tus suspiros y la forma como me mirabas, aquella manera con la que me hacías sentir el ser más importante del universo, la persona más querida, el tipo menos orate de este manicomio llamado Planeta Tierra.
Y no fue en vano el haberte conocido, así como tampoco fue en vano que hayas marcado mi existencia con tantas muestras de amor, haciéndolo tan sublime e imborrable, como el exquisito aroma de las flores de una mañana de primavera, como el primer beso que no se planea y sólo se siente, como la primera vez que dices te quiero sin pronunciar palabra alguna.

He repasado cautelosamente cada uno de los momentos que compartimos y siento que debí robarle algunos calendarios al tiempo para aprovecharlos junto a ti. Aún no puedo comprender cómo fue posible que todo mi mundo, el que construimos juntos, paso a paso, beso a beso, se haya ido en cuestión de segundos, en un tramo de carretera, bajo el sol del mediodía de un sábado que nunca debió nacer y mucho menos para verte morir.
Es de noche. El cielo oscuro me lanza la manta fúnebre sobre la cual me propino el castigo por no haber evitado perderte, por no haber sido más persuasivo, como en otras ocasiones, convenciéndote de que me esperaras unas horas más para que partiéramos juntos a la playa. ¿Dónde quedó mi verbo profuso, la catarata de palabras convincentes que adornaban mis argumentos? ¿Acaso mi voz fue seducida por el sortilegio soterrado de la pérfida muerte? Toda la retórica me abunda cuando me doy cuenta que mis intentos por vencer al tiempo han sido infructuosos. No vas a volver y no podré alcanzarte por más que corra con la misma suerte.

La noche me ha envuelto nuevamente y pensar en tu partida alimenta la presión de la mordaza que aprisiona mi corazón de niño, vuelve más reciente el recuerdo de tu adiós como si lo estuviera viviendo de manera reiterada, lacerante, cruenta y en cámara lenta, donde cada imagen que viene a mi mente me desgarra el espíritu y no permite que me perdone. ¿Cuántas noches más cómo esta serán necesarias para sosegar mi pena? ¿Cuántas lágrimas más debo robarle a otros recuerdos para sentir que he llorado lo suficiente? ¿Cuánta fe debo tener para conservar la esperanza de volverte a ver y nunca más perderte? ¿Cuánta sabiduría se necesita para asimilar todo el tormento y el sufrimiento que me gobierna? ¿Acaso hay alguien en el mundo que me pueda indicar dónde puedo encontrar una razón de vivir que colme mis espacios vacíos? ¿Por qué si hay tanta gente que no debió nacer y otra que debió morir por evidenciar el mal con su propia existencia, yo tuve que perder a la niña que volvió mejor al mundo el día que abrió los ojos por primera vez? ¿Por qué soy tan reacio a la idea de resignarme y de continuar viviendo entre dogmas y tautologías?  ¿Por qué los minutos de agonía se vuelven horas, días y años interminables? Vestido de espanto y horror, aún sigo sin saber por qué el Cristo que amo sin excusas ni condiciones se llevó a mi ángel un sábado al mediodía devolviéndome a la soga de la que nunca debí caer.
 
Dedicado a Luana Lafagne.

http://www.youtube.com/watch?v=Ek5_ai1zuKI