viernes, 12 de julio de 2013

Entre Quijotes y Sancho Panzas

Antes de sumergir mi pluma en el tintero hago un suspenso reflexivo, necesario en exceso, para determinar hacia quién va dirigido este desesperado intento de comunicación, de despedida. De nada me sirve hacer una lista puntualizando los nombres de los destinatarios. Aquí el único sujeto claramente definido es el remitente. El resto está inmerso en una nebulosa. Son rostros cubiertos por sombras con mucho contraste y poco brillo. Poca utilidad tiene amigarme sentimentalmente con unos y pelearme intelectualmente con otros; en líneas generales, saber quién es tu amigo es una tarea muy difícil y de largo plazo, del día a día, y en mi vida ha sido una lucha semejante a saciar la hambruna de aquellos que no tienen hambre.
 
En el proceso de vivir he conocido a muchas personas y con el paso de los años algunos se volvieron más cercanos que otros, unos más negros que blancos, más frontales que hipócritas, más indestructibles que mortales, más callados que locuaces; en fin, cada uno tan parecido a la diferencia que los distinguía del tumulto.
 
La vida como una escuela vieja y cansada por el paso del tiempo nos da sorpresas a cada instante y hace que entremos en confusión cuando intentamos saber cómo tomar a las personas, qué hacer, qué decirles, cómo lidiar con ellas. He intentado aprender de todas las experiencias vividas y al final de cuentas puedo decir que en mi vida tuve algunos amigos reales, algunos disfrazados, otros libres, al desnudo.
 
Aquellas tardes de fútbol, las mañanas de juegos, las travesuras conjuntas, la compañía constante, una cerveza, una galleta o un chocolate, la celebración de un cumpleaños, la celebración por celebrar, las fiestas, el hambre, los rincones, las cuentas, cada palabra de aliento, un fuerte abrazo o un apretón de manos, el llanto, la lluvia, la risa, todo eso me hace recordar a la amistad. También la negación enrostrada, los insultos recibidos, las pedradas afrontadas, la cobardía de no quedarse a mi lado por temor al resto de voces que murmuraban en grupo, olvidándose que desde siempre dejé la carne, la sangre y el espíritu por todos los que consideré mis amigos. Todo ello me hace recordar el tránsito por la amistad. Hay quijotes sin sanchos, hay ciegos sin lazarillos, hay hombres con sus soledades  y qué más da. Cada quién ha llenado el libro de su vida a su estilo, con sus vivencias, equivocándose y acertando; por ello, no hay una verdad absoluta respecto a la amistad, sólo existe y puedes tener la fortuna de disfrutarla o carecer de su goce.
 
 
Es inteligible agradecer por todos los momentos vividos, los buenos por la alegría y los malos por la experiencia. Hoy, que ya no me encuentro presente en sus vidas por prescripción médica, me pregunto qué hubiera sido de aquella amistad si no la hubiésemos dejado contaminar con sustancias fatuas, sin valor, si siempre hubiéramos recordado el motivo que nos hizo compatibles y no la razón que se inventó para interponer un abismo entre nosotros.
 
Me sobra tinta en tanto papel, me está abordando el silencio. Ahora, en lontananza y con la compañía de lo propio me libero de esta vieja y pesada cadena que por años me imposibilitó caminar con fluidez, me libero del recuerdo de lo que fue y del pensamiento de lo que pudo ser. No tengo ideas firmes acerca del futuro, lo único claro es que dejé el pasado millones de metros abajo, allí donde quema la tierra mañana, tarde y noche, allí donde te come vivo el diablo, donde caes y nadie te puede acompañar por más amigo que sea, en el infierno que no me parece ajeno sino una sucursal del espacio donde duermes cada vez que recuerdas que el único amigo carnal que puedes tener en la vida eres tú mismo salvo que te posea la sabiduría para pensar dos veces al mismo tiempo o comiences a caminar rumbo a “un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme”.