“Luego de tu partida pasé varios años con un agujero enorme donde alguna vez tuve corazón, lo cubrí con trozos arrugados de papel de regalo de mis días infelices y suturé la herida con algunos cabellos tuyos que quedaron prendidos en aquella sudadera que me devolviste la última tarde que nos vimos. Sabía que todo iba a ser muy difícil pero debo aceptar que con los años me he convertido en un tipo muy vulnerable, franqueable desde muchos puntos de vista. De nada me ha servido tanta educación y cordialidad, el espíritu bonachón y el atrevimiento de aferrarme a una fe que es excesivamente dogmática. Luego de dejarte ir no te pedí nada que abandonara la razón. Quizá la insania haya gobernado mi mente como un eclipse parcial pero me es urgente pedirte algo antes que se caigan los papeles arrugados del pecho y se desaten los cabellos que lo suturan, antes que me gobierne la locura completamente y mis recuerdos sean archivados en un historial clínico. Déjame algún rastro, algunas migajas, un camino transitado, unas huellas frescas, tu perfume regado entre cada pausa, una marca inteligible que me permita volver a casa”.
Dedicado a Luana Lafagne.
