Ramiro y
yo éramos dos entrañables amigos. Crecimos juntos en el mismo pueblo que vio
nacer a nuestras familias, asistimos a la misma escuela y de vez en cuando nos
reuníamos para estudiar, aunque la mayor parte del tiempo que compartíamos era
haciendo travesuras, a pesar de ser fanáticos de equipos deportivos
diferentes siempre entrábamos y salíamos de la cancha juntos.
El
siempre luchó por subir algunos kilos mientras que mi mayor anhelo era aumentar
un poco la estatura. Él era estudioso y un poco vago para la práctica de los deportes, su
vicio era los dulces y leer las revistas de caricaturas que llegaban cada fin
de mes desde la capital. Yo renegaba un poco para estudiar pero me encantaba
jugar al fútbol, sin importar donde fuera y si era con pelota, latas o piedras,
mi vicio era dormir y acostarme en una hamaca para mirar las estrellas; él era
solitario y yo muy amiguero. Él era blanco y yo era negro.
Corrían
los tiempos del hombre. La mayoría de habitantes del pueblo, incluyendo
nuestras familias, no aprobaban completamente nuestra amistad pero, para Ramiro
y para mí, ella no requería del consentimiento del gentío, y no mostrábamos
miramientos por ventilarla a plenitud pues no vestía colores, salvo cuando
corríamos en la búsqueda del inicio del arco iris.
Nuestra
infancia tuvo un paso veloz, por lo menos eso se percibe cuando vives en
felicidad y sin presiones y aunque nos divertimos sin restricciones, aún creo
que aquella época nos abandonó demasiado pronto. Con la ayuda de Dios, que para
ambos era el mismo, nuestra adolescencia fue acompañada de una amistad
consolidada que, además de basarse en las diversiones lúdicas, fungía de
catalizadora de sentimientos, de emociones, como la promesa de ayuda que
siempre nos procuramos a pesar del
deterioro mental que atacó a la población. La peste arremetió en la era
del hombre y mostró su verdadero rostro.
Ramiro y
yo ya no estábamos a salvo. Sobre las calles del pueblo cayó una lluvia de
comentarios hostiles contra ambos. Contra él por el prejuicio de los amigos de
su familia, contra mí por el color negro que mi piel absorbía con ferocidad. No
existe un paraguas lo suficientemente resistente para soportar semejante
chubasco. Mis padres me mostraban su indignación con gesticulaciones y ademanes
posesos de furia casi incontrolable. No estaban dispuestos a verme sufrir. No
supe mucho sobre la reacción de los padres de mi amigo. Al fin de cuentas,
nunca nos importó la opinión del resto porque precisamente eso es lo que eran
para nosotros: el resto.
En
cierta ocasión, decidimos salir de excursión a los bosques que circundaban el
pueblo. Nos encontramos muy temprano y caminamos a paso de tortuga hasta perdernos
entre los árboles y la vegetación del lugar. Transcurridos los primeros minutos
de la tarde, algunas circunstancias se tornaron
extrañas, oscuras, densas, y nos envolvieron en una atmósfera que nos distrajo
de lo que sería un acontecimiento nefasto. Nuestros pasos se hicieron más
pesados, más lentos, como si hubiésemos estado caminando sobre terreno fangoso,
el aire se fue volviendo turbio y nos confundió el olfato. Cuando volví la
mirada hacia Ramiro, lo noté nervioso, azorado, como si esperara el desenlace
de lo inevitable o el quebrantamiento de lo que algunos denominan “destino”.
Mientras
continuábamos la marcha, empecé a notar que los sonidos de la naturaleza se distorsionaban,
como cuando intentas escuchar un disco grabado a 33 revoluciones por minuto a
la velocidad de 45. El efecto “Doppler” nos alcanzó de tal forma
que logró desorientarnos al punto de agotarnos. A la distancia sentí pisadas
tan furiosas como las de un batallón militar, los verdugos estaban dentro de su
hora de trabajo, eran muy aplicados, trabajadores del mes, galardonados hombres
de la corte. Los observé acercándose uno por uno y a todos por igual, les vi las
caras y sus rostros se fijaron en mis pupilas como la primera vez que miras un
caleidoscopio. Ramiro me miró y me incitó a correr. Yo no entendí el motivo
para tener que huir por lo que no atiné a mover un músculo hasta tener algún
conocimiento certero de lo que estaba ocurriendo. Él se detuvo frente a mí en
vista a mi negativa al escape. En pocos minutos habíamos sido rodeados por
cinco individuos, cinco integrantes del grupo de los verdugos, aquellos infectados
por la peste, que nunca dejaron de agraviarnos por el simple hecho de que un
blanco y un negro fueran amigos a pesar de la opinión opositora de los
inquisidores.
Fue
cuestión de un paso de página, lo que dura un parpadeo. Sin que medie motivo
recibí una pedrada de parte de uno de los sujetos y aunque nosotros tratamos de
estar tranquilos, ellos no hicieron esfuerzo alguno por cambiar su actitud, lanzándonos
más piedras sin medir los daños que ello nos pudiera ocasionar. Ramiro sufrió
varios cortes en el rostro y la cabeza. Al verlo emanar tanta sangre sólo atiné
a lanzarme sobre el primero de los agresores, mientras los otros nos cercaron como
en un circo romano, a la espera de mi derrota. Gracias a la combinación del
azar y a mi naturaleza escurridiza, logré salir victorioso de la pugna, lo que
originó que la agresión se convirtiera en grupal, dispareja, desleal, matonesca.
No recuerdo cómo hice pero pude librarme de los golpes. Quizá no debí hacerlo. En
aquel momento, uno de los inquisidores tomó una navaja para atacarme pero la
hoja filosa nunca me tocó. Ramiro se interpuso en el camino siendo gravemente
herido en el abdomen. Lo vi tendido sobre la maleza. Por poco me ahogué con mi
propio llanto mientras lo veía desangrándose, con una herida mortal que me
pertenecía y que me había sido arrebatada por lo que sería el origen de mi
culpa.
La diosa
Némesis se adueñó de mis entrañas, las aderezó de cruenta ira y las maceró en saliva
de demonio. Vestido de impulso y con temeridad, me enfrenté a la muerte sin
conocer motivos que bordearan la razón, me abalancé sobre el cobarde agresor,
que a cada segundo se iba transformando en asesino, y le golpee el rostro de
tal forma que ya no habitaba un espacio libre de linfa en su piel para
finalmente rematarlo con la misma navaja con la que él había herido de muerte a
mi mejor amigo, a mi único amigo. En algún compás de la partitura sentí un
golpe seco en mi pecho y una sensación tibiecita que cobraba mayor calidez con el transcurrir de los segundos. Uno
de los verdugos disparó su revólver contra mí y la resignación me hizo ponerme
de rodillas. Aún me quedaba furia en el alma. Miraba al asesino de Ramiro,
quien se había convertido en mi víctima y sólo deseaba devolverle la vida para
poder matarlo nuevamente, una y mil veces hasta liberarme del espanto, de la
carcajada engolada de la muerte, de la peste y de la era del hombre.
Aquellos
hombres escaparon del lugar, dejando incluso el cadáver del otro poblador. Ya
me sentía ir y eso me daba cierta paz, me arrastré tan rápido como pude hasta
encontrarme con Ramiro y logré observar su último parpadeo.
Me dejé caer a su lado esperando que se cumplieran las promesas de las que tanto me
hablaron cuando era niño: ascender o descender. No sé qué sucedió luego en
aquel pueblo pero sí sé que en aquel espacio de sangre se fundió la raza.
Respecto
a nosotros, todo había terminado. Ambos habíamos muerto entre la hierba del
bosque, entre los árboles que formaron la tumba de nuestros huesos, entre el
horror y la vergüenza por la guerra de colores, entre el prejuicio y la
aspereza que emana de la razón humana, entre el canto de los pájaros que aún nos
cantan fielmente y a cada momento, ese canto que se volvió eterno desde aquella
tarde que dejamos de vivir, desde aquella tarde de rebeldía y de reproche,
desde aquella tarde en la que Ramiro se transformó en día y yo me convertí en
noche.
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