jueves, 21 de noviembre de 2013

Blanco y Negro


Ramiro y yo éramos dos entrañables amigos. Crecimos juntos en el mismo pueblo que vio nacer a nuestras familias, asistimos a la misma escuela y de vez en cuando nos reuníamos para estudiar, aunque la mayor parte del tiempo que compartíamos era haciendo travesuras, a pesar de ser fanáticos de equipos deportivos diferentes siempre entrábamos y salíamos de la cancha juntos. 

El siempre luchó por subir algunos kilos mientras que mi mayor anhelo era aumentar un poco la estatura. Él era estudioso y un poco vago para la práctica de los deportes, su vicio era los dulces y leer las revistas de caricaturas que llegaban cada fin de mes desde la capital. Yo renegaba un poco para estudiar pero me encantaba jugar al fútbol, sin importar donde fuera y si era con pelota, latas o piedras, mi vicio era dormir y acostarme en una hamaca para mirar las estrellas; él era solitario y yo muy amiguero. Él era blanco y yo era negro.

 

Corrían los tiempos del hombre. La mayoría de habitantes del pueblo, incluyendo nuestras familias, no aprobaban completamente nuestra amistad pero, para Ramiro y para mí, ella no requería del consentimiento del gentío, y no mostrábamos miramientos por ventilarla a plenitud pues no vestía colores, salvo cuando corríamos en la búsqueda del inicio del arco iris.

Nuestra infancia tuvo un paso veloz, por lo menos eso se percibe cuando vives en felicidad y sin presiones y aunque nos divertimos sin restricciones, aún creo que aquella época nos abandonó demasiado pronto. Con la ayuda de Dios, que para ambos era el mismo, nuestra adolescencia fue acompañada de una amistad consolidada que, además de basarse en las diversiones lúdicas, fungía de catalizadora de sentimientos, de emociones, como la promesa de ayuda que siempre nos procuramos a pesar del  deterioro mental que atacó a la población. La peste arremetió en la era del hombre y mostró su verdadero rostro.

Ramiro y yo ya no estábamos a salvo. Sobre las calles del pueblo cayó una lluvia de comentarios hostiles contra ambos. Contra él por el prejuicio de los amigos de su familia, contra mí por el color negro que mi piel absorbía con ferocidad. No existe un paraguas lo suficientemente resistente para soportar semejante chubasco. Mis padres me mostraban su indignación con gesticulaciones y ademanes posesos de furia casi incontrolable. No estaban dispuestos a verme sufrir. No supe mucho sobre la reacción de los padres de mi amigo. Al fin de cuentas, nunca nos importó la opinión del resto porque precisamente eso es lo que eran para nosotros: el resto.
 
En cierta ocasión, decidimos salir de excursión a los bosques que circundaban el pueblo. Nos encontramos muy temprano y caminamos a paso de tortuga hasta perdernos entre los árboles y la vegetación del lugar. Transcurridos los primeros minutos de la tarde, algunas circunstancias se tornaron extrañas, oscuras, densas, y nos envolvieron en una atmósfera que nos distrajo de lo que sería un acontecimiento nefasto. Nuestros pasos se hicieron más pesados, más lentos, como si hubiésemos estado caminando sobre terreno fangoso, el aire se fue volviendo turbio y nos confundió el olfato. Cuando volví la mirada hacia Ramiro, lo noté nervioso, azorado, como si esperara el desenlace de lo inevitable o el quebrantamiento de lo que algunos denominan “destino”.

Mientras continuábamos la marcha, empecé a notar que los sonidos de la naturaleza se distorsionaban, como cuando intentas escuchar un disco grabado a 33 revoluciones por minuto a la velocidad de 45. El efecto “Doppler” nos alcanzó de tal forma que logró desorientarnos al punto de agotarnos. A la distancia sentí pisadas tan furiosas como las de un batallón militar, los verdugos estaban dentro de su hora de trabajo, eran muy aplicados, trabajadores del mes, galardonados hombres de la corte. Los observé acercándose uno por uno y a todos por igual, les vi las caras y sus rostros se fijaron en mis pupilas como la primera vez que miras un caleidoscopio. Ramiro me miró y me incitó a correr. Yo no entendí el motivo para tener que huir por lo que no atiné a mover un músculo hasta tener algún conocimiento certero de lo que estaba ocurriendo. Él se detuvo frente a mí en vista a mi negativa al escape. En pocos minutos habíamos sido rodeados por cinco individuos, cinco integrantes del grupo de los verdugos, aquellos infectados por la peste, que nunca dejaron de agraviarnos por el simple hecho de que un blanco y un negro fueran amigos a pesar de la opinión opositora de los inquisidores.

Fue cuestión de un paso de página, lo que dura un parpadeo. Sin que medie motivo recibí una pedrada de parte de uno de los sujetos y aunque nosotros tratamos de estar tranquilos, ellos no hicieron esfuerzo alguno por cambiar su actitud, lanzándonos más piedras sin medir los daños que ello nos pudiera ocasionar. Ramiro sufrió varios cortes en el rostro y la cabeza. Al verlo emanar tanta sangre sólo atiné a lanzarme sobre el primero de los agresores, mientras los otros nos cercaron como en un circo romano, a la espera de mi derrota. Gracias a la combinación del azar y a mi naturaleza escurridiza, logré salir victorioso de la pugna, lo que originó que la agresión se convirtiera en grupal, dispareja, desleal, matonesca. No recuerdo cómo hice pero pude librarme de los golpes. Quizá no debí hacerlo. En aquel momento, uno de los inquisidores tomó una navaja para atacarme pero la hoja filosa nunca me tocó. Ramiro se interpuso en el camino siendo gravemente herido en el abdomen. Lo vi tendido sobre la maleza. Por poco me ahogué con mi propio llanto mientras lo veía desangrándose, con una herida mortal que me pertenecía y que me había sido arrebatada por lo que sería el origen de mi culpa.

La diosa Némesis se adueñó de mis entrañas, las aderezó de cruenta ira y las maceró en saliva de demonio. Vestido de impulso y con temeridad, me enfrenté a la muerte sin conocer motivos que bordearan la razón, me abalancé sobre el cobarde agresor, que a cada segundo se iba transformando en asesino, y le golpee el rostro de tal forma que ya no habitaba un espacio libre de linfa en su piel para finalmente rematarlo con la misma navaja con la que él había herido de muerte a mi mejor amigo, a mi único amigo. En algún compás de la partitura sentí un golpe seco en mi pecho y una sensación tibiecita que cobraba mayor calidez con el transcurrir de los segundos. Uno de los verdugos disparó su revólver contra mí y la resignación me hizo ponerme de rodillas. Aún me quedaba furia en el alma. Miraba al asesino de Ramiro, quien se había convertido en mi víctima y sólo deseaba devolverle la vida para poder matarlo nuevamente, una y mil veces hasta liberarme del espanto, de la carcajada engolada de la muerte, de la peste y de la era del hombre.

Aquellos hombres escaparon del lugar, dejando incluso el cadáver del otro poblador. Ya me sentía ir y eso me daba cierta paz, me arrastré tan rápido como pude hasta encontrarme con Ramiro y logré observar su último parpadeo. Me dejé caer a su lado esperando que se cumplieran las promesas de las que tanto me hablaron cuando era niño: ascender o descender. No sé qué sucedió luego en aquel pueblo pero sí sé que en aquel espacio de sangre se fundió la raza.

Respecto a nosotros, todo había terminado. Ambos habíamos muerto entre la hierba del bosque, entre los árboles que formaron la tumba de nuestros huesos, entre el horror y la vergüenza por la guerra de colores, entre el prejuicio y la aspereza que emana de la razón humana, entre el canto de los pájaros que aún nos cantan fielmente y a cada momento, ese canto que se volvió eterno desde aquella tarde que dejamos de vivir, desde aquella tarde de rebeldía y de reproche, desde aquella tarde en la que Ramiro se transformó en día y yo me convertí en noche.





http://www.youtube.com/watch?v=PSvnIwg0lEA