miércoles, 26 de junio de 2013

Epístola N° 1: Mi primera muerte

Y la tierra seguía siendo redonda, continuaba teniendo las mismas propiedades, características, elementos, seguía siendo el tercer planeta más cercano al sol. La ciudad se mostraba más extraña cada día y su gente se definía más compleja con el incesante giro de las manecillas del reloj. Las absurdas discusiones políticas aún eran un trabajo retribuido, los noticieros servían la realidad con ápices de sadismo y libertinaje periodístico, el tráfico de vehículos seguía siendo atosigante, perturbador pero al fin y al cabo el fin de semana continuaba siendo una soterrada esperanza.
La extravagancia de la humanidad era la familia y la familia deambulaba dispersa entre la humanidad. El ser humano mantenía su anatomía regular guardando en su pecho una cavidad exclusiva para un corazón susceptible de ser podrido por falta de amor. La noche seguía oscura y el día límpido, ambos confundidos por sus tonos depresivos. A un lado de la acera, los gordos luchaban por ser flacos y, al frente de la misma, los flacos anhelaban subir de peso, sin embargo, nadie reparaba que si bien es cierto que es muy probable que la piel se estire o arrugue, lo más importante es que no envejezca el verdadero motor que nos hace mantenernos jóvenes.
La urbe recrudecía su añejo aroma a cemento y los niños continuaban limpiando los parabrisas de los automóviles o pidiendo limosnas en los semáforos. El país parecía mejorar según los reportes económicos aunque su reflejo en la mesa de los hambrientos era demasiado opaco para ser percibido. Continuaron los asesinatos, las venganzas, las violaciones, la falta de justicia social y la inoperancia de los burós. El olor a hollín de las calles permanecía intacto, las mismas que mantenían la función de guardianas de los pasos de la muchedumbre, de sus huellas y de la hondonada agonía de sus almas.
La población prosiguió aumentando mientras los niños crecían jugando a ser viejos. La guerra era un juego predilecto practicado fuera de una máquina de entretenimiento. Jesucristo seguía mirándonos desde la cruz pidiéndole a su padre que nos perdone, argumentando ignorancia de hecho. El mar no se secaba gracias al llanto de los cielos, los cementerios seguían poblándose formando ciudades escabrosas pese a las flores y a los paisajes novedosos. El calor era sofocante y el frío un agresivo contendor, factores que demostraban que el planeta conservaba el ardid del deterioro. El elitismo se paseaba por los centros comerciales, las clases pudientes compraban vehículos del año y hacían viajes largos y costosos, en tanto que los menos afortunados soñaban con viajes sin retorno.

En líneas generales, el mundo seguía siendo el mismo pero algo había cambiado en una de sus coordenadas, algo que no iba a modificar el transcurso de la vida del planeta. Un hecho conciso había ocurrido, un niño había perdido la vida, un niño con nombre de humano. Él había muerto riendo para aparentar una muerte feliz, adorando a Cristo en vida, bajo las faldas de la fantasía que rechaza cualquier realidad de espanto. Él murió y la vida de su familia cambió rotundamente, él ya no estaba, sobraba un dormitorio, una cama, un lugar en la mesa, un asiento en el automóvil, un cumpleaños en el calendario, él murió y la vida de su familia cambió rotundamente pero a pesar de su muerte el mundo siguió siendo el mismo.